Ermita de San Frutos
Ermita de San Frutos, Segovia

La Ermita de San Frutos está situada dominando uno de los meandros del río Duratón. El acceso es desde Villaseca, a 61 km de Segovia.

 

San Frutos, patrón de Segovia, nacido en el siglo VII en una familia visigoda acomodada, siendo muy joven y junto a sus hermanos, Valentín y Engracia, repartieron todos sus bienes entre los pobres y se retiraron a estos parajes para dedicarse a la oración. Allí permanecieron hasta la muerte de San Frutos a los 73 años de edad, marchándose sus hermanos a Caballar, donde fueron capturados y martirizados por los moros. 

 

La ermita se construyó sobre una pequeña iglesia erigida por el abad Fortún, después de la donación de Alfonso VI de este priorato al monasterio de Santo Domingo de Silos en 1076, bajo la dirección del maestro Michel. Fue consagrada por el arzobispo de Toledo, Don Bernardo, en el año 1100. A su lado se construyeron dependencias para un reducido grupo de monjes.

 

Para acceder a la ermita hay que atravesar un puente de piedra (1757) salvando una gran grieta en la roca, llamada “cuchillada de San Frutos”, pues según la leyenda fue el Santo el que la hizo con su báculo para salvar a un grupo de cristianos perseguido por los moros. Pasado el puente nos encontramos una gran cruz de hiero forjada sobre un pedestal de piedra con siete llaves grabadas que corresponden a las siete puertas de Sepúlveda. Esta cruz se levantó como recuerdo de la gran peregrinación a este lugar propiciada por Quesada, obispo de Segovia, en 1900.

 

Más adelante se encuentra la entrada meridional, en forma de herradura y decoración de sogueado en las impostas, distinguiendo en la piedra un relieve en forma de animal, probablemente restos del anterior santuario visigodo. Junto a la puerta se encuentra la necrópolis, con las tumbas antropomorfas  talladas en piedra.

 

En el interior se encuentran las habitaciones de los monjes que, a través de una escalera, podían acceder al atrio de la iglesia. Junto al muro de cierre del priorato se encontraban el gallinero, las caballerizas y el pajar.

 

Bajo el altar se encuentra la piedra cuadrada o sillar y, cuenta la leyenda, si das tres vueltas gateando al sillar por un angosto pasadizo nunca padecerás hernia ( a este rito se le llama “pasar por la piedra del santo”).

 

En el siglo XII la iglesia se reformó con tres nuevos ábsides y en el siglo XVIII se realizaron obras en el interior. Con la desamortización el priorato quedó desierto.